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EL ERMITAÑO
Hace mucho, mucho tiempo, en tiempos remotos, cuando los gallos
tenían dientes, había en una pequeña ciudad un hombre que no podía parar de
pensar. Nadie comprendía lo que decía pero sus vecinos le tenían por un sabio.
Pese a esa extraordinaria capacidad que le había deparado la Naturaleza, vivía
atormentado en una angustiosa y silenciosa condena. Intentar hablar con los que
le rodeaban era como intentar razonar con un mono.
Un día decidió abandonar su hogar e irse a vivir a la cima de un monte que se
erguía junto a un acantilado. Desde su prodigiosa atalaya solía contemplar la
ciudad con tristeza y melancolía, viendo cómo seguían su curso los acontecimientos.
Pero continuaba sin poder dejar de darle vueltas a la cabeza de día y de noche. Pensaba
siempre: pensaba al amanecer, pensaba mientras comía , pensaba —incluso— cuando
dormía.
Pronto los campesinos del lugar pudieron ver al solitario conversar con las aves, pues
había aprendido a hablar en el lenguaje de los pájaros. Los rumores de este extraño suceso
corrieron por la ciudad, y todo el mundo creyó que aquel hombre estaba completamente loco.
De vez en cuando , el ermitaño bajaba al pueblo , y se le podía ver hablando en la plaza con los más jóvenes sobre su sorprendente y extraña forma de ver la vida.
Algunos parecían entender, porque aquel hombre extraordinario siempre tenía palabras en la boca para levantar la indignación de los comerciantes avariciosos, del envidioso jefe de la guardia, hasta llegar a oídos del ambicioso tirano que gobernaba la ciudad.
1
Los campesinos empezaron a temer a aquel hombrecillo, porque a veces lo veían aparecer en sus
campos en un día soleado, y decía:
— Esta tarde va a llover.
Y a la tarde llovía. O, a veces, cuando el cielo estaba encapotado, y no se veían más que nubarrones negros, decía:
— Por la tarde soplará el viento. Y mañana lucirá un sol de justicia.
Y, efectivamente, aquella tarde soplaban vientos con una fuerza inaudita, llevándose todas las nubes, y al día siguiente hacía un día soleado.
Aquel hombre era tan exacto , que pronto sus convecinos, los pastores y campesinos, empezaron a tenerle por un pájaro de mal agüero y a creer que tenía, ciertamente, alguna clase de poder.
Él , mismamente, se sorprendía, aunque no podía comprender cómo aquella gente ignorante podía ser tan ilusa.
Tan grande fue su fama , que fue pasando de boca en boca, hasta llegar a oídos del propio rey, el dueño y señor de todas las ciudades conocidas. El rey decidió enviar a alguien de su confianza para informarse, así que reunió a sus consejeros y al hombre que guardaba las Llaves del Reino.
Un día un sacerdote llegó a la ciudad. Había recibido órdenes del Dios Supremo, de comprobar si aquel viejo y olvidado eremita, era o no, un santo.
El ambicioso tirano, el envidioso jefe de la guardia, y el más avaricioso de todos los comerciantes
— como digno representante de su gremio — , se reunieron y convinieron en guardar el secreto de la presencia de aquel sacerdote para no extender el pánico entre la población.
2
A la mañana siguiente de su llegada, el sacerdote inició el camino en mula hasta la montaña, acompañado de dos jóvenes novicios, que hicieron lo propio a pie. Al llegar al pie de la caverna del eremita , se sorprendieron al ver que aquel viejo sabio estaba esperándoles.
— Hace tiempo que les espero. Siéntense , que tienen la comida a punto.
Sorprendentemente habían cuatro platos repletos de comida, sobre una rústica mesa de madera, y el viejo había reunido forraje para alimentar a la montura del sacerdote.
— ¿Cómo sabía cuántos veníamos?
— Poseo el don de la previsión. Sé, también, por qué han venido.
— En realidad, hemos venido porque queríamos saber si todas esas maravillas que se cuentan sobre usted son ciertas… Nos mueve la más simple y pura curiosidad.
— Ustedes dicen que les mueve la curiosidad, pero eso no es cierto. Lo que les mueve es el miedo.
— ¿El miedo? — dijo el sacerdote estupefacto. Sonrió y miró a los dos jóvenes que le acompañaban, que no habían pronunciado ni media palabra desde que habían llegado. — ¡Qué tontería! ¿El miedo a qué?
— El miedo a que se conozca la Verdad. El Poder siempre teme a la Verdad. He visto más allá de los límites de mi tiempo y he contemplado el futuro de las Naciones. La Naturaleza se muestra como un libro abierto para mí. Mil imperios he visto nacer, crecer y extenderse, y se han derrumbado como un castillo de naipes. Todo lo que nace, muere ; y siempre hay un principio para el fin.
3
— ¡Mírate! — dijo el sacerdote. — Eres sólo una anciano chocho. ¿Crees que los dioses enviarían a un viejo como tú, para hablar con los hombres? ¿Acaso te crees que eres un dios?
— No temas , — replicó el anciano — no es mi pretensión demostrar ni negar la existencia de nada, ni poner en peligro tu institución. Sé bien que el Poder no existe, es algo que han inventado los hombres para tener controlados a otros hombres. Todos los hombres son iguales. Piensan que nacen libres, pero antes de nacer ya arrastran el yugo de ésas cadenas que forman parte del entorno en el que viven.
— Estás completamente ido — dijo airado el sacerdote. — Eres un lunático.
— Es mejor pensar eso, porque así no represento una amenaza. Pero si no fuera cierto que está prohibido decir la Verdad, entonces respóndeme: ¿ Por qué le has cortado la lengua a tus dos compañeros de viaje?
Los dos jóvenes empezaron a sollozar desconsoladamente, mientras el vil sacerdote prorrumpió en gritos, con un semblante trastornado, diciendo en tono colérico:
— ¡Eres un maldito brujo! ¡Pagarás muy caras todas tus blasfemias!
El viejo, sin alterarse ni un momento, replicó:
— Trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti mismo. Vienes a conocer la verdad y te enfadas porque soy sincero. Marcha pues, pues es largo y duro el camino.
Así fue como el sacerdote salió con sus dos acompañantes, y se dirigió hasta la corte. Al entrar en palacio, el rey estaba esperándolo junto a sus más altos dignatarios, deseosos todos de tener noticias del éxito de su misión.
4
El sacerdote relató al rey todo lo sucedido. Éste, indignado por la autenticidad de la historia, y sospechando que tras la conducta del místico no se hallasen ocultas intenciones, ordenó que se arrancase la lengua al sacerdote y que se obligase a comérsela. Después de llevarse a término este mandato real , acabó olvidándose todo el asunto, quedando todo en mera anécdota palaciega.
El gobernante, el guerrero y el vendedor, decidieron utilizar los conocimientos del viejo sabio para provecho propio. Así que lo hicieron bajar a la ciudad para interrogarle.
Sabían que el viejo poseía el poder de la premonición , así que quisieron ponerle a prueba.
— Cuéntanos el futuro. — dijo el gobernante.
— Queremos saber qué será de nosotros de ahora en adelante. — dijo el jefe de la guardia.
— ¿Qué debemos hacer para enriquecernos? — dijo el vendedor. — ¿Qué pasos debemos dar?
— ¿Estáis seguros de que quereis oír lo que tengo que deciros? — preguntó el viejecito.
Y empezó a relatar cómo sería el futuro durante los cien años siguientes. Y a ninguno de los tres les gustó saber cuál sería el final que el Destino les tenía deparado.
El tirano, totalmente encolerizado, ordenó la ejecución de aquel viejo insolente. Así que llevaron al viejo al acantilado, pues habían acordado en despeñarlo.
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Se hallaban al borde del precipicio, cuando al comerciante se le ocurrió una idea luminosa:
— ¿Sabías que ibas a acabar así? — dijo, irónicamente .
El viejo contempló el horizonte, sólo mar y cielo, y abajo las olas rompiendo contra las rocas.
— ¿Cuál es el secreto de la vida?
— La vida es como caerte por un acantilado e irte aferrando a algo, para no seguir cayendo, agarrándote a una mata, que puede ser la familia. Cuando las raíces no aguantan tu peso, la mata se deprende, y tú vuelves a esa caída libre hacia el abismo. Pero tú te vas cogiendo a las ramas que vas encontrando a tu paso: el trabajo, el dinero, la salud, la fama. Siempre te aferras a algo para seguir adelante, pero nunca acabas de estar seguro. Los amigos, tus propiedades, todas las riquezas que puedas ahorrar. Vas cayendo por el precipicio, y te vas cogiendo a las ramas que encuentras, a esas matas que sostienen tu vida, pero son inestables e inseguras, y siempre acabas por caer. El valor, la justicia, el honor … Vas cayendo hasta que te aferras al matojo de la libertad.
— ¡Tonterías! — rugió el tirano, empujando al sabio hacia el vacío.
El sabio, tal como había explicado , fue agarrándose a las matas, pero las matas se iban desprendiendo, hasta que sus manos fueron a dar con un arbusto flexible, pero sólido, del que quedó colgando en el vacío. Era el último arbusto, más allá sólo había una pared de roca recta y fría.
Hacia arriba sólo quedaba el cielo y hacia abajo, la nada más absoluta. Pero aquel nexo con la vida no iba a ceder .
RATZIEL FULCANELLI
A 20 de diciembre de 2025.
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